jueves, 16 de septiembre de 2010

16 de septiembre

Mire usted, mi comandante: que usted se meta en este asunto no me parece mal, porque por algo me ha traído aquí y me ha dicho que olvidase las jerarquías y le tuviese por un compañero más. Como usted comprenderá, no me importa gran cosa que esos imbéciles me nieguen, si me caso, un puesto entre ellos. En cuanto a lo hacerle el vacío a mi mujer, se lo preguntaré a ella, antes de casarnos, naturalmente, y de ella depende todo, pero estoy seguro de la respuesta, que será como la mía, acaso por otras razones. Aunque de apariencia alocada, Chon tiene un gran concepto de sí misma, un concepto diríamos heredado, porque sabe de quién es hija y lo que era y valía su padre. Únicamente se pone seria cuando habla de él, y le aseguro que es una conversación que saco pocas veces. A usted no tengo reparos en confesarle, aquí solos como estamos, mi admiración por el capitán de navío Recalde, y no porque lo haya conocido y tratado, sino por sus libros que leí, leo y leeré. Son la base de esos conocimientos que me capacitan para ocupar el cargo al que usted acaba de aludir, que no me ha ofrecido todavía, pero que me ofrecerá, estoy seguro, cuando lo de mi ascenso sea algo más que una esperanza. Dejará de serlo un día determinado, que no está muy lejano, el dieciséis de septiembre para ser exactos. Ese día llevaré visera rameada, y podrá usted llamarme compañero con más propiedad.
La boda de Chon Recalde. Gonzalo Torrente Ballester.

(Fotografía:
josetorregrosa.wordpress.com)

No hay comentarios:

Publicar un comentario