viernes, 16 de julio de 2010

16 de julio



Germánico me dijo que todo había sido arreglado, y que la ceremonia de esponsales se llevaría a cabo el próximo día fasto... Los romanos somos muy supersticiosos en cuanto a los días. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, librar una batalla o casarse o comprar una casa el 16 de julio, el día del desastre de Alia en tiempos de Camilo. Apenas pude creer en mi buena suerte. Yo temía que me obligaran a casarme con Emilia, una chiquilla afectada y de pésimo temperamento, que imitaba a mi hermana Livila en lo referente a burlarse de mí cada vez que venía a visitarnos, cosa que hacía con frecuencia. Livia insistió en que la ceremonia de los esponsales tenía que hacerse tan en privado como fuese posible, porque no se podía tener la seguridad de que yo no hiciese el tonto si había una multitud presente. Yo también lo prefería así; odiaba las ceremonias. Sólo concurrían los testigos necesarios, y no habría fiesta, sino sólo el habitual sacrificio ritual de un carnero, cuyas entrañas se examinarían para ver si los auspicios eran favorables. Y por supuesto que lo serían. Augusto, oficiando de sacerdote, cuidaría que así fuese, en homenaje a Livia. Luego se firmaría un contrato para una segunda ceremonia, que se realizaría en cuanto yo llegase a mi mayoría de edad, con estipulaciones en cuanto a la dote. Camila y yo nos daríamos la mano y nos besaríamos, y yo le entregaría un anillo de oro, y ella volvería a la casa de su abuelo... con discreción, como había venido, sin séquito ni acompañantes que entonasen canciones.
Yo, Claudio. Robert Graves.

2 comentarios:

  1. Aún no he leído este libro...el texto que has publicado me ha gustado ¿buen agurio? lo tendré en cuenta.

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  2. Augurio magnífico, srta. Finch.
    Gracias por estrenar este rincón.

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